Mii proceso artístico tiene una ventaja innegable: antes de empezar una de mis obras ya tengo hecha la mitad. Porque el techo, suelo, paredes y columnas del espacio expositivo –que forman parte vital y necesaria de la obra– ya estaban ahí.
En realidad, no tengo que hacer la obra; tengo que completarla. Para ello, utilizo filamentos de lana que acotan, dividen, abrazan o compartimentan el espacio, creando estructuras en las que contenido y continente tienen idéntica importancia.
Es importante remarcar esto: considero el espacio una parte fundamental de mis obras. Es por ello que siempre me refiero a mi trabajo como "intervención" y no como "instalación". Y es lógico que sea así: mi obra no se instala en un lugar sino que lo interviene, actúa sobre él, lo modifica, pero lo mantiene incólume.
Quiero explicarme. Tomemos como ejemplo "Trigonometrias I" (2021 / Centro Norte-Universidad, Móstoles, Madrid). Esta obra tiene unas dimensiones aproximadas de dos metros y medio de altura por tres de anchura por cuatro de profundidad. Generalmente, cuando un artista introduce una obra de ese tamaño en una sala de exposiciones, esta inevitablemente acapara la atención del espectador de una forma inmediata. relegando al espacio a un papel de mero contenedor, ocultándolo de su vista tanto literal como figuradamente.
En cambio, lo primero que un visitante percibía cuando se adentraba en esa sala era el espacio vacío: su fisionomía, sus características, sus formas y dimensiones. Solo después aparecían las líneas. Mi intervención no ocultaba nada al espacio. Las paredes, el ventanal, la columna, todos sus elementos seguían siendo perfectamente identificables. Porque mi objetivo no es presentar una obra en un espacio, sino invitar al espectador a transitar ese espacio, que tal vez ya conocía, como si fuera la primera vez que lo ve.
Roberto Chartam


